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Olalla Castro

Ganadora del 21é Premi Tardor de Poesia, con el trabajo Los sonidos del barro.

 




Cuando todo haga boom

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Será muy tarde ya para culparse
cuando todo haga Boom.
Preocupados como estábamos
por leer en los posos del café
nuestro futuro,
olvidamos las huellas
y el barro en los zapatos.

Esta miseria es lo más nuestro
que hemos sabido conservar,
después de todo.
Brindemos -chinchín-
por los cadáveres que desfilan
detrás de nuestra espalda.

Delicioso el blablablá
que nos deja seguir
cuando quiere imponerse
el runrún de lo negro.
Si algo aprendimos
después de tantos siglos
fue a ignorarnos,
a extraviar la verdad en parloteos.

Qué fácil fue, a la postre,
aplazar el runrún, los cadáveres,
lo negro.
Y creer que más tarde, que siempre,
que mañana
estaremos a tiempo de culparnos.

 

Ballet de los prisioneros

Los prisioneros se mecen al unísono.
Parecen flotar mientras caminan,
aun cuando el peso de los grilletes
se convierte en un ancla
que apenas permite
alzar los pies del suelo unos segundos.

A los guardias les gusta observar
la danza delicada de uniformes,
ese vaivén de cuerpos despoblados.

Algunos, en su afán de coreógrafos,
golpean a los reos
cuando pierden el ritmo.
Otros, apostados en sus rifles,
piensan sólo en el guiso de carne
que bulle en las cazuelas,
en los manteles blancos de las mesas,
en sus esposas faenando en las cocinas,
en los volantes bordados de sus faldas.

Los prisioneros bailan
tragando la saliva y rezan
para que no improvise nadie
y todo lo acelere
el chasquear de un gatillo.
Procuran no salirse de la fila,
cuadrar sus movimientos,
guardar la sincronía.

La música de su ballet es un adagio,
un compás lento, vacilante:
la cadencia sutil de los vencidos.


Algún día seremos su banquete

Hay bestias que nos siguen el rastro
y saben oír el crujir de las hojas
bajo nuestros pies,
a millas de distancia.
Distinguirán el sonido
de nuestros pasos pequeños,
por más que nos creamos tan descalzos.

Si por casualidad o por cansancio
aflojamos la mandíbula,
distendemos del todo los pulmones,
la inhumana belleza de las bestias
acabará con nosotros,
dejando un rastro gris
de rocas y ceniza.

Por eso
rechinarán mis dientes
hasta el último instante,
contraeré cada músculo,
mi cuerpo entero será nuestro vigía.

No dejaremos que nos venzan
aunque no quepa duda:
algún día, mi amor,
seremos su banquete.

 

Caminar en la nieve no hace ruido

De Walser, admiraba su lento pero firme deslizamiento hacia el silencio...

Enrique Vila-Matas

Robert Walser sabía
que caminar en la nieve no hace ruido
y es imposible, pasadas unas horas,
volver sobre tu rastro.
No quiso embadurnar
el silencio de los últimos años
con el procaz estertor del moribundo.

Intentó parecer
una mota de polvo,
pero fue, a pesar de sí mismo,
sobre todo una astilla.
Probó infinitos trucos
para hacerse invisible,
pero acabó cada vez
convertido en espejo.
En aquel sanatorio
donde dejó su mudez
mensajes diminutos,
sólo él entendió
cuán distinto era el blanco de la nieve
al de los pijamas de hilo
que usaban los enfermos.

El día antes de Navidad,
eligió para el último paseo
un abrigo muy negro
y un sombrero de fieltro.
Caminó varias leguas
hasta frenarse en seco.
Calibró la belleza
de su cuerpo tendido
y supo sin dudarlo que era allí:
al fin sería tan sólo algo minúsculo,
una mancha pequeña
en aquel inmenso páramo de hielo.

 

Alejandra sisea

Y nada será tuyo, salvo un ir hacia donde no hay donde.

Alejandra Pizarnik

Alejandra sisea versos-barro
y, de un lado a otro,
mueve la cabeza.
Fotografía con precisión
los huesos rotos
y desenfoca las llaves, las promesas.
En sus imágenes borrosas,
la verdad casi siempre
está fuera de campo.

Este viento del este
arrastra sonidos mutilados
hacia donde nunca hubo dónde.
Todo está mal porque pocos
hablaron del No, de los reversos,

Alejandra sabía que, a veces,
la juventud es una cuerda.
Un exilio, un féretro, una zanja.
La palabra-iceberg
contra el cálido verbo,
contra la poesía que borda
sus esquinas con puntillas.
Alejandra
contra el hilo de seda y los dedales,
a todas horas recordándonos
que las agujas están para pincharse.

 

 

 
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